Continúan los afanes

He buscado llenar mis ojos con la tragedia que, sin duda, llegó, nos sacudió, nos dejó peor que gelatina en Acapulco y, ante todos, tragando dirigibles, se vistió de temor.

Pese a los males que trajo el movimiento de caderas de la tierra, me he apurado a alcanzarme y a alcanzar a miles de seres que decidieron no esperar, no sentarse y llorar; no acomodar la asentaderas frente a la televisión, e ir descubriendo la corrupción en la construcción de casas y la infame y efímera existencia de un ser de ultratumba al que colocaron el nombre de Frida Sofía (ya bastante telenovelesco), que sería rescatada por el paramédico Jorge Ricardo de los Monteros.

Se movieron, después del sismo, las conciencias, la tempestad interactiva, la fuerza de un montón de jóvenes que, quién sabe de dónde salieron, se adueñaron de los trabajos. Se echaron al hombro la tragedia; se vistieron de ciudadanos y salieron a ayudar.

Y ahí estamos, miles y miles de adultos. Asustados, perplejos, criticando. Inmóviles. Viendo si se mueven los candiles de la casa o las cortinas de la sala, en aviso de que otra vez nos quieren mover el tapete.

Ellos, los jóvenes, mientras todos (incluyendo a las atoleras autoridades) esperábamos las réplicas del sismo, se pusieron a replicar los mensajes en las redes sociales. Se pusieron botas, o tenis, o huaraches, y salieron a ayudar.

Roedores u hormigas que atropelladamente, pero de manera eficaz suben, baja, dan de comer, escarban, levantan, quitan, limpian, alzan, gritan, guardan silencio, abrazan, alientan, transitan, dirigen, ordenan, obedecen. Todo entre miles de piedras que antes eran paredes de las que colgaban los recuerdos familiares de no sé qué familia.

Me felicito por compartir un trecho de mundo con miles de jóvenes que demostraron que el dolor les duele; que el sueño no les vence; que el alimento se comparte, que el agua se bebe entre los presentes.

Tiempo y modo nos dará la vida para verlos a la cara – hoy llena de tierra y lodo y polvo- y decirles que la pérdida se hace más ligera con su trabajo.

A nadie se le puede decir “El Rorro”, sin que disminuya su rendimiento. Hoy los Rorros, y los Papis, y los Carnales, y la banda, y los cuates, y los bro, y los amiguis y todos fueron movidos para entregar ayuda.

El gobierno (siempre el gobierno) extraviado y limitadísimo, apenas alcanzó a llegar a la tragedia cuando ya estaba tomada por los jóvenes mexicanos. Fue espectador con baba incluida, que alcanzó a balbucear que todo iría bien.

Dios aprieta pero no ahorca. Hago caso omiso a esta peculiar teología que invita a Dios a apretarle el cogote a sus criaturas.

Miles de jóvenes se cansaron de la vomitivas transmisiones televisivas. Los rostros de perro en Tollocan, de los conductores noticiosos, y las historias novelescas de Denicita, Joaquincito, Carlitos y Javierín, y salieron a las calles a conjugar el nosotros.

México es otro, sí, por el sismo, pero también por sus jóvenes que, articulados por la tecnología y el corazón se suman a la esperanza de que este país no está, aún, listo para dejar de ser pese a los partidos, los políticos y el minuto de vida (no, menos, los cinco minutos de vida) que le daba Walter Mercado.

Tembló, y nos estamos moviendo.

Nos encontramos en @gfloresa7

 

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